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Crítica de "Mi amigo el gigante"

Crítica de "Mi amigo el gigante"

No me esperaba que, a estas alturas de su carrera, Steven Spielberg nos brindara una película tan marcadamente infantil como "Mi amigo el gigante". Que nadie tome estas palabras de forma peyorativa, tan sólo expreso mi sorpresa por lo diferente que es este título si lo comparamos con otros trabajos del célebre cineasta estadounidense (de hecho, el filme no tiene nada que ver con producciones en teoría similares, caso de "E.T. el extraterrestre", "Hook [El capitán Garfio]" o "Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio").

Estoy convencido de que a muchos seguidores de dicho director les disgustará el tono de "Mi amigo el gigante", pero estas personas tendrían que recordar que nos hallamos ante una adaptación de un libro de Roald Dahl destinado a los pequeños de la casa. Y, desde luego, Steven Spielberg ha querido ser fiel al espíritu del texto original, aunque con ello provoque que no todo su metraje posea la regularidad que a muchos nos gustaría.

Así, la película arranca con una inusitada celeridad, introduciendo rápidamente a Sophie en un mundo en el que viven diversos gigantes. El que la ha raptado a ella lo ha hecho porque la niña lo ha visto, pero ésta tiene la suerte de que la criatura en cuestión no come carne humana, cosa que no sucede con otros colosos que habitan esas tierras (y que, por cierto, son más grandes y fuertes que el gigante que protagoniza este cuento).

A partir del momento en el que se nos muestra el lugar en el que habita el buen gigante y qué es a lo que se dedica, la cinta presenta un claro bajón en su ritmo. Considero que tanto el director como la guionista, la tristemente desaparecida Melissa Mathison, deberían haberse detenido menos en esta parte de la trama, que se vuelve demasiado lenta en comparación con otros fragmentos de "Mi amigo el gigante". Ello hubiera propiciado que se le restaran minutos a la película y que la narración avanzara con mayor agilidad.

El chocante tramo final de "Mi amigo el gigante"

Todo cambia cuando Sophie le pide ayuda a la Reina de Inglaterra para que acabe con los gigantes malos, que, por cierto, también están haciendo de las suyas en otros países. Estos pasajes cuentan con unos deliciosos toques de surrealismo, tanto en lo que se refiere a su historia como a la manera en la que ésta se plasma visualmente en la pantalla. ¡Y lo mejor de todo es que son divertidísimos! Entiendo que un buen número de espectadores se quedarán pasmados al comprobar que Steven Spielberg incluye flatulencias en una de sus producciones, pero, insisto, lo hace de forma completamente inocente y sabiendo que su única pretensión es la de despertar la risa de un niño (la misma que se contagia a los adultos que hayan dejado atrás ciertos prejuicios a la hora de visionar la película).

Y es que el tramo final de "Mi amigo el gigante" se observa con una agradable sonrisa en la boca, porque, a fin de cuentas, lo que se nos ofrece es un sencillo cuento en el que no existen pretensiones, tan sólo un único objetivo: entretener al público. La lástima es que desaparece la habitual conexión emocional que casi siempre logra el director entre los espectadores y los personajes. Aunque éstos te caen bien, algo les falta como para que nos sintamos conmovidos con sus vivencias.

Los efectos especiales de la película están muy cuidados, sobre todo porque se puede distinguir la actuación de Mark Rylance en el papel del gigante bonachón. Sin embargo, y mira qué es raro decir esto en una obra de Steven Spielberg, no creo que sean tan buenos como para que el presupuesto del filme haya sido de 140 millones de dólares. En cuanto al resto de intérpretes, la jovencísima Ruby Barnhill no lo hace nada mal, siendo de destacar el monárquico papel de Penelope Wilton (a quien en los últimos años hemos visto en "El exótico Hotel Marigold" y su secuela o, sobre todo, la serie de televisión "Downton Abbey ).

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