Crítica de “Ghost in the Shell: El alma de la máquina”

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Nunca me ha entusiasmado “Ghost in the Shell”, el anime de Mamoru Oshii que a su vez se basaba en el manga de Masamune Shirow (reconozco que jamás he leído este último). Es por eso que no aguardaba con impaciencia el estreno de “Ghost in the Shell: El alma de la máquina”, versión en imágenes reales de esta historia que tanto ha influido en ciertos cineastas (es el caso de los responsables de “Matrix”).

Los seguidores de “Ghost in the Shell” pueden respirar aliviados, ya que la película es una respetuosa adaptación del filme de dibujos animados. Aunque pierde parte de la complejidad del título original, varias de sus escenas recrean de forma bastante fiel ciertos pasajes del mismo (aligerando, eso sí, su nivel de violencia).

Pero, ¿qué ocurre con el resto de los espectadores? ¿Les satisfará un largometraje como “Ghost in the Shell: El alma de la máquina”? Sinceramente, pienso que no. Su ritmo no tiene nada que ver con el de las producciones comerciales de los grandes estudios de Hollywood, pues huye del frenesí y a ratos hasta resulta algo aburrida.

Crítica de "Ghost in the Shell: El alma de la máquina"

Esto es algo que me molesta de manera especial, ya que, dado que la trama contiene elementos de thriller y de ciencia-ficción, considero que se podrían haber manejado mejor sus elementos de intriga (tanto los relacionados con la búsqueda de Kuze como los que tienen que ver con el pasado de la protagonista).

¿Qué es lo mejor de “Ghost in the Shell: El alma de la máquina”?

Sin embargo, donde no se le puede hacer ningún reproche a “Ghost in the Shell: El alma de la máquina” es en lo que se refiere a sus apartados visuales. Sin lugar a dudas, se trata de lo mejor de la película. El director Rupert Sanders ya nos mostró en “Blancanieves y la leyenda del cazador” sus influencias niponas, puesto que la cinta incluía fragmentos que enseguida nos recordaban a la maravillosa “La princesa Mononoke”, de Hayao Miyazaki. Aquí no tiene que contenerse tanto e introduce múltiples referencias a la cultura japonesa.

Aparte de esto, nos deleita con unas imágenes cuidadas y asombrosas, tal y como sucede en los primeros minutos del filme o, sobre todo, a la hora de recrear la ciudad en la que se desarrolla el relato. La ambientación es fabulosa, algo que se logra gracias a unos magníficos efectos especiales, un espléndido vestuario, un conseguido maquillaje y una notable fotografía.

Scarlett Johansson no sólo dota de fuerza a la Mayor en las escenas de acción, sino que sabe dosificar sus emociones. Takeshi Kitano nunca ha sido un actor fabuloso, pero tiene presencia y carisma (algo que enseguida capta la cámara). Michael Pitt convence en el papel de Kuze, al igual que Juliette Binoche dando vida a la interesante doctora Ouelet.

Una vez dicho esto, vuelvo a insistir en que “Ghost in the Shell: El alma de la máquina” es una película demasiado irregular. Como entretenimiento no termina de convencer (a lo ya comentado, habría que añadir que a lo largo de su metraje hay muy pocas escenas de acción). Además, sus pasajes reflexivos, aunque correctos, no aportan nada nuevo si los comparamos con los que ya hemos visto en otros títulos similares. Muchos añorarán aquí la profundidad del anime, la misma que, de haberse incluido, terminaría espantando aún más a la mayoría de los espectadores. El problema es que los guionistas no han sabido encontrar el equilibrio ideal

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