"Braveheart" es la segunda película como director de Mel Gibson, quien continúa una moda que, si se analiza detalladamente, no significa una novedad en el mundo del celuloide (son numerosos los actores que se han pasado a estas lides, caso de John Wayne, Clint Eastwood, Tom Hanks o incluso Joseph Gordon-Levitt). Su labor en el filme es encomiable, percibiéndose el esfuerzo que le ha supuesto su realización. Aunque es verdad que nos encontramos ante una película histórica, también lo es que "Braveheart" está plagada de errores. Así, la figura de Wallace aparece tan contradictoria con respecto a lo que se conoce de él que provoca una sensación de "bueno demasiado bueno". De todas maneras, en general la ambientación es aceptable (a pesar de los perfectos afeitados que luce el protagonista).
Sin embargo, creo que el propio Mel Gibson describió mejor lo que en realidad es la cinta: un título épico. Épico porque nos recuerda a aquellas superproducciones de la época esplendorosa de Hollywood, las mismas que se sustentaban en la espectacularidad y a las que se les aderezaba un argumento en el que no faltaban el drama o el romance. Es lo que sucedía en, por ejemplo, "Ben-Hur", "Los Diez Mandamientos", "El Cid", "Espartaco" o "Cleopatra". Pero no nos engañemos, aunque resulte muy loable esa actitud de imitación, en los tiempos que corren dicha emulación se torna casi irrealizable debido a los altos presupuestos que ello conllevaría y, no hay que obviarlo, la poca atracción que el público siente por este tipo de filmes con sabor antiguo. A pesar de esto último, de su excesiva duración y de su temática (la historia se desarrolla fuera de Norteamérica y en un tiempo demasiado lejano para los estadounidenses), "Braveheart" consiguió una taquilla muy aceptable (210.4 millones de dólares en todo el mundo, siendo su presupuesto de 72 millones).
La película comienza con una presentación de William Wallace quizás demasiado larga, mostrándonos un primer contacto del entonces niño con las ideas independentistas de los suyos. Al menos esa introducción sirve para enseñarnos algunos personajes que, en el futuro, marcarán la vida de Wallace. De acuerdo a lo que observamos, no parece claro que la traumática experiencia de ver a los escoceses colgados de la cabaña influyese en la decisión de liderar las huestes escocesas por parte del personaje encarnado por Mel Gibson. Después, ya de adulto, William Wallace se enamora y son los ingleses los que matan a su prometida. Se supone que es el hecho que inicia la venganza del escocés y que incita en él la sed de libertad que, hasta entonces, no había tenido intención de conquistar. Aunque no me convence esta forzada motivación, cabe destacar que da lugar a una de las mejores escenas de lucha del largometraje, un preludio de lo que se nos ofrecerá posteriormente.
[post_ad]He de decir que las refriegas que el espectador puede observar en la película presentan una necesaria crudeza, pues aportan veracidad y la alejan de otros títulos de similares características. Existen otros aspectos positivos. Mencionar, en primer lugar, al rey Eduardo I, uno de los personajes más trabajados y un excelente malvado, capaz de hacer sonrojar a contrabandistas, terroristas y asesinos que pululan por las salas de cine. Su crueldad provoca situaciones de verdadera perplejidad. Por ejemplo, afronta la homosexualidad de su hijo, el príncipe Eduardo, asesinando al amante de éste para que el futuro rey no desprestigie a la Corona. Incluso llega hasta tal extremo que no le importa matar a sus propios soldados si con ello logra llevarse por delante a los de Wallace.
"Braveheart" y la épica de Mel Gibson
Hablaba antes de las batallas, todas ellas muy bien resueltas (aunque se abusa demasiado de los planos cortos, cuando las efectivas tomas amplias nos darían una idea de la movilización que suponían este tipo de contiendas). Pueden ser algo repetitivas, pero eso refuerza mi idea de que lo ideal hubiera sido recortar el metraje del filme. Por último, destacar también el entramado político de la época, bien resuelto a pesar de que podría haberse desarrollado más (dando un mayor peso a la intriga que a la acción). En cuanto al final, demasiado largo, nos ofrece una visión de mártir de Wallace, asemejándole en algunos aspectos con Jesucristo (hasta Mel Gibson llegó a hacer esa comparación en alguna entrevista).
Regresando a los apartados técnicos y artísticos, cabe destacar la aceptable labor del director, aunque abuse en la sala de montaje de la cámara lenta (en algunos momentos está bien utilizada para crear situaciones de tensión, pero en las batallas no debería emplearse). Tampoco me convencen las espectaculares escenas del escocés subiendo montañas, algo que sólo debería estar destinado a las imágenes promocionales del filme. Correcto, pues. Los actores están muy acertados, aunque en algunos momentos Gibson emplea ciertos ademanes contemporáneos. Del resto, destacar por encima de todos a Patrick McGoohan como el rey Eduardo I, además de a una acertadísima y bellísima Sophie Marceau.
La banda sonora de James Horner es excelente. Su tema central sólo se puede calificar de brillante, si bien algunos consideran que es un plagio del que Kaoru Wada escribió para el corto “Kishin Heidan” (1993). La utilización de la gaita es acertadísima. A medida que surgen los combates va desapareciendo a favor de la orquesta, introduciendo en las batallas unos tonos épicos que ensalzan las imágenes que estamos viendo. Incluso peizas que pueden pasar inadvertidas para el espectador, como cuando el protagonista escapa, tras matar a un traidor, tirándose al agua con su caballo, son genialidades que desaparecen en unos pocos segundos pero que merecerían un mayor desarrollo e independencia en la película. En resumen, es grato volver a escuchar una obra de James Horner que nos ofrece lo mejor de este autor.
Crítica revisada de un texto originalmente escrito el 6-8-1996
